Dolor detrás de los ojos
Crónica de un viaje a Ecuador atravesado por dengue, militarización y el dolor de mirarse en un espejo roto
Me estoy recuperando de dengue. Este julio volví de Ecuador con una enfermedad tropical. Aunque el personal médico aún espera el PCR oficial, que demora dos semanas, para identificar la cepa, cuatro internistas me atendieron en urgencias; las plaquetas bajas y la fiebre rompehuesos apuntan a un diagnóstico casi seguro.
De niña había aprendido que el dengue era endémico en la costa, en zonas marcadas por la ausencia histórica de alcantarillado y agua potable. Little I knew que los mosquitos del escondite subtropical de Malacatos, Loja, me tumbarían en cama con fiebre, escalofríos y sudoración.
En emergencias en el policlínico de La Haya le dije al médico:
I feel pain behind my eyes. It hurts when I look at you.Ese dolor detrás de los ojos precedía al virus. Era también un dolor ontológico: lo que no se puede dejar de ver.
En este viaje, vi un Ecuador reconfigurado por la militarización: ríos y carreteras amazónicas custodiadas por agentes con pasamontañas que borran el rostro y dibujan calaveras, performando una masculinidad armada que bebe de la pedagogía de la crueldad. Me hicieron bajar del vehículo, abrir las piernas, sentir la presión en el esternón buscando un contrabando imaginado en un brassiere que no llevaba. El poder proyectando amenaza sobre ciertos cuerpos y decidiendo quién cruza y quién no.
Esa atmósfera de control y expulsión también enferma: el despojo por la expansión de actividades extractivas y la desestructuración de servicios básicos favorecen la proliferación de enfermedades como el dengue.
Ecuador ya cambió. Lluvias constantes bloquean el acceso a Saraguro, Macas, Pifo, Zamora, Malacatos. Alcantarillas colapsadas convierten el agua servida en criadero de mosquitos. Hasta la semana epidemiológica 7 de 2025 hubo 6 607 casos de dengue y 6 muertes en Ecuador, según la OMS OPS, en una región que en marzo ya sumaba más de un millón de casos sospechosos.
También cambió el territorio amazónico. Mujeres waorani que antes se autoexcluían de los códigos de vestimenta occidentales y espacios urbanos hoy venden pulseras en Misahuallí. No son piezas ancestrales, sino mercancías nacidas de la urgencia por ingresos ante el despojo territorial. El turismo comunitario, aunque celebrado en discursos de desarrollo, es también una reabsorción forzada al circuito capitalista: el capital racializa y feminiza lo no blanco y mestizo, e impone una carga de hospitalidad y docilidad rentables.
En Tena, me senté en el surco de una piedra que, según la leyenda, dejó una anaconda. Llevaba una corona de paja toquilla tejida por mujeres kichwa y líneas de achiote pintadas por niñas y jóvenes de la comunidad. La ceremonia, diseñada para visitantes, se erige como estrategia ante el extractivismo que corroe las bases materiales y simbólicas de la comunidad. Siguiendo la lógica de las economías de expulsión, las mismas estructuras que desplazan a estas mujeres las reinsertan como proveedoras de experiencias “exóticas”.
Regresé con artesanías: cucharas de madera, vasijas de cerámica, cada una con el nombre de su creadora amazónica. Objetos bellos, pero también huellas materiales de una economía de supervivencia moldeada por el extractivismo, el proyectismo y la economía barroca de un desarrollismo fragmentado.
En la foto que me traje, estoy con mi blusa bordada comprada a artesanas en Ciudad de México, sonriendo a medias en esta encarnación de panamericanismo mercantilizado. Detrás de mis ojos, ese dolor: la ira irónica de saberme reflejo de un espejo roto, de que mi existir y viajar a estos mundos, en la lógica de María Lugones, no escapa a sus contradicciones y simplificaciones; y en hacerlo, soy apenas otra grieta más en ese espejo.





